En la alienación permanente de la vida pública catalana —también de la privada, pero esto corresponde explicarlo en otras secciones del periódico—, Josep Maria Bartomeu i Floreta (Barcelona, 1963) está siendo en los últimos tiempos acusado de ser el peor presidente de la historia del Barça. Ocupó el cargo entre 2014 y 2020, y ganó una Champions , un Mundial de Clubes, una Superliga de Europa, cuatro Ligas, cuatro Copas del Rey y dos Supercopas de España, con el mérito añadido del triplete de la temporada 2014-2015. Su sucesor en el cargo, Joan Laporta, considerado por algunos el mejor presidente, cerró el pasado mes de marzo su segundo mandato con el siguiente palmarés: una Liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España. Laporta acusa a Bartomeu de haberle dejado una herencia diabólica, y es cierto que el covid perjudicó al Barcelona —como a los demás clubes del mundo— y que Bartomeu dejó una deuda de cerca de 280 millones y una plantilla demasiado bien pagada. Pero también es verdad que el presidente entrante, como hacen todos los presidentes cuando llegan, hinchó artificialmente la deuda, y la elevó a 550 millones de euros. Quería tener ese margen extra para gastar en la confianza de que enseguida los ingresos del club mejorarían y la podría fácilmente saldar. Pero ni con las palancas ni con sus demás decisiones —mantener a Koeman, fichar a Xavi o su política de fichajes— ha conseguido volver a establecer lo que él llama el círculo virtuoso, y si los títulos han sido escasos y menores en su segunda presidencia, en el capítulo de los ingresos las cosas han ido incluso peor y en ningún momento de sus seis años ha logrado superar la cifra récord de 1.000 millones de facturación que alcanzó Bartomeu en la temporada 2018-2019.Bartomeu fue un presidente de bajo perfil o perfil discreto, débil con unos jugadores que abusaron de su leyenda para saquear las arcas del club. Es cierto que tendría que haberse plantado, pero los que hoy le acusan de pésima gestión le habrían acusado de cargarse la historia del club por echar a jugadores tan emblemáticos como Piqué, Alba, Ter Stegen o Messi, que no tuvieron ningún escrúpulo en sus exigencias. Noticia relacionada No No FÚTBOL / BARCELONA Laporta ha perdido 231 millones de euros en 5 años pese a haber ingresado más de 900 con sus palancas Salvador SostresPero en el otro lado de la balanza se mantuvo firme frente al independentismo, que exigía su impuesto revolucionario en forma de dinero y de personas contratadas. No cedió en ningún momento ante la presión, y el 1 de octubre de 2017 el Barça jugó a puerta cerrada el partido de Liga contra Las Palmas , que era el peor escenario posible para los golpistas, porque ni pararon «el país», como querían, desde las instituciones; ni pudieron invadir el terreno de juego para pararlo desde su particular lucha callejera. No tiene demasiado sentido hacer listas de los mejores o peores presidentes de un club, aunque esto es algo que he de reconocer que he aprendido tarde. Antes de Bartomeu, se decía que Joan Gaspart había sido el peor presidente del club, pero sin él no habríamos tenido a Messi ni a Piqué, y Van Gaal habría echado a Valdés por llamarle hijo de puta. Bajo su presidencia, igualmente, debutaron Xavi y Andrés Iniesta. Y sobre todo, y muy importante, tal vez lo más importante, sin su relación espacial con la Federación y con su presidente, Ángel María Villar, y con la UEFA, el Barça no habría tenido un contexto tan amable para que el bello fútbol de Guardiola prevaleciera ante los antídotos de agitación y las patadas que se pusieron en ondulación para neutralizarlo. ¿Por qué?, se preguntó Mourinho. Pues por Joan Gaspart, que tejió los puentes y las alianzas, aunque las cuentas del laportismo las hagan los mismos que hacen las cuentas del independentismo, y por eso el «relato» y la realidad discurren por caminos tan distintos.Laporta tuvo una muy buena primera presidencia y una segunda cuyas promesas tendrá que cumplir —si es que finalmente las cumple— en la tercera. Bartomeu no fue mejor que el primer Jan pero sí, y de muy largo, que el segundo. Es lo normal en cualquier institución, que cada uno aporte lo suyo teniendo en cuenta el tiempo que le toca vivir. Pero en el Barça, el odio tribal es superior a la sucesión civilizada, y cada presidente ha intentado meter en la cárcel al anterior; y aunque por motivos que no siempre han sido lo mismos, casi todos lo han conseguido.